sábado 28 de junio de 2008

Hacer sencillo lo complejo

Alguna vez, recuerdo haber visto una foto que mostraba a Albert Einstein sentado frente a una niña de unos 8 años, a quien explicaba los fundamentos de la Teoría de la Relatividad.

Desde entonces me quedó muy claro cual es la verdadera razón de ser del experto.

Es cierto que el experto se mueve en complejidades mentales propias de su especialidad, y se comunica en el lenguaje sagrado que sólo los iniciados logran comprender.

Pero si llegado el momento, esta persona es incapaz de despojarse de su complejidad, como para ponerse a la altura de un niño de 8 años y explicarle, de modo que lo comprenda, la teoría más compleja, entonces sería, como decía mi padre, “un pozo de ciencia sin soga”.

Tal vez en el fondo eso distingue al “experto de abolengo” del “nuevo rico” del conocimiento.

El primero es sosegado, modesto, habla poco y cuando lo hace, la gente guarda silencio. El segundo es petulante; carga su discurso de terminología recién aprendida, como si al hacerlo sus afirmaciones cobraran profundidad y validez.

La humanidad ha crecido sobre los hombros de quienes, gracias a su trabajo y disciplina, fueron profundizando en la solución teórica y práctica de problemas relevantes. Desde siempre, algunos de ellos – quizás los más prestigiados – han escrito libros.

Pero otros muchos, digo yo, la mayoría, al concluir su periodo productivo, simplemente se retiran, llevándose consigo el valioso producto de su experiencia.

Creo que esto no es justo y afortunadamente las nuevas tendencias, marcadas por la comunidad virtual, lo están modificando.

En la actualidad está pasando el tiempo de los tratados y los compendios. Hay lugar para la experiencia fresca. Para la propuesta técnica que si bien no logra pasar por el cedazo metodológico propio de la disciplina, consigue aproximarse amigablemente al público que la demanda.

A mi modo de ver, este es un gran salto. Ahora un individuo, desde el anonimato de su cargo, o desde la placidez de su retiro, puede – y tiene la obligación moral – de hacer escuela.

No importa si posee o no habilidades para escribir. Tanto el físico – matemático, como el hombre que durante 40 años condujo un camión de carga, están en posesión de una experiencia que debe ser compartida.


Podría decirse que ahora vale más la sustancia, que el estilo.

martes 10 de junio de 2008

Un Problema de Masa Crítica

Hace cosa de un par de meses  andaba con la demencia de mudarme a Costa Rica, el pequeño gigante centroamericano conocido por su desarrollo socio económico y por querer bien a los jubilados de otras naciones. 

Entusiasmado me puse a buscar todo lo disponible en fotografías, paquetes y trámites. Me informé sobre el costo de la vida, sobre la posibilidad de completar el gasto mediante un ingreso adicional, etc.

Y en esa búsqueda, por casualidad caí en un blog escrito “por ticos y para ticos”, no para extranjeros.
La imagen que allí encontré fue muy diferente de la que percibe el turista: falta de seguridad, robo de vehículos a mano armada, balaceras entre bandas, allanamiento de viviendas, secuestros…
- ¡Ahora tenemos que vivir entre rejas¡ - decía una joven – ¡Esto ya no es vida!

¡Se acabó! ¡Destrozaron el paraíso!

Eso me llevó a pensar que seguramente no existe en nuestra Hispanoamérica un remanso de paz, en donde la civilidad, todavía, campee a sus anchas.

La intranquilidad se ha convertido en signo de nuestros tiempos y tendremos que aprender a vivir con ella.  

De hecho, a través de la historia, el hombre ha tenido que sobrevivir inmerso en un medio hostil. En un principio predominaban los peligros naturales; luego, al crecer las ciudades, los peligros sanitarios (tuberculosis, viruela y cólera, entre otros) y finalmente – aunque los primeros no han desaparecido – los peligros derivados de la desintegración social.

En los peligros naturales y sanitarios había cierta inocencia, pues no poseían una intención de hacer daño. En cambio los peligros derivados de la perdida del sentimiento de comunidad son intencionales, premeditados y alevosos.

Es la personalización de la maldad, contra la cual, el ser humano vuelve a quedar inerme, como lo estuviera frente a la tuberculosis antes de los antibióticos.

Esto lastima profundamente la calidad de vida y demerita cualquier ventaja que pudiera atribuirse a la revolución tecnológica.

¿Qué queda entonces por hacer?

Se puede tomar una postura pesimista y decir que nada, que el estado nunca conseguirá ganarle la carrera al crimen; o bien, recurrir a la ingenuidad, ser optimistas y decir que la solución somos todos, aunque no sepamos cómo traducir esta afirmación en acción.

La delincuencia, organizada o individual, no es causa, es consecuencia. Pero no de la falta de empleos, ni de la pobreza en sí, como ramplonamente se ha convenido aceptar.

Si eso fuera cierto, los delincuentes, para no arriesgar su vida, se detendrían en cuanto tuvieran asegurado su patrimonio.

En la misma línea de ideas, y con mayor necedad, habría que pensar que en cada pobre o desempleado hay un delincuente en potencia.

¿Entonces como justifica usted a quienes teniendo un empleo, lo utilizan para enriquecerse de manera ilícita?

Tenemos que aceptar nuestra responsabilidad familiar, pues la cuchara saca lo que la olla tiene.  

Como ya lo descubriera Alfred Adler hace un siglo, la naturalización del abuso, la falta de respeto a la alteridad y, en resumidas cuentas, la falta de conciencia de comunidad, se acrisolan en la familia y provienen de la transmisión viciosa de los valores de generación en generación.

Sólo que, en tiempos de Adler, la conducta delincuencial surgía como una excepción, mientras que en la actualidad se ha acumulado una masa crítica de delincuentes que campean sobre la sociedad como la disentería entre los sobrevivientes de una inundación.

Hay algo irremediablemente enfermo en la relación del individuo con la sociedad, y entre ésta y su gobierno.

La forma como se expresa la sociedad que se apoda oprimida, cada vez se asemeja más a la conducta delictiva, en tanto que el estado pierde legitimidad en el ejercicio de sus instrumentos de control, que paradójicamente, también se aproximan a lo reprensible.
 
¿Estaremos regresando a los tiempos de la Revolución Francesa?

Como individuos no podremos cambiar el escenario. Pero aún cuando en el término de nuestra vida no alcanzáramos a construir un mensaje creíble, vale la pena, con nuestro propio testimonio, sembrar la semilla del respeto a la vida y a la propiedad ajena.

Mientras tanto, en lo actual y en lo personal, para sobrevivir tendremos que aprender a cuidarnos de los nuevos peligros, como quien, en el pasado, se acostumbró a cubrirse para evitar un resfrío y a revisar abajo del colchón en busca de alacranes.

viernes 30 de mayo de 2008

En defensa del aburrimiento

Nadie nos forza a mantenernos activos constantemente. Bueno, quizas si, en la medida que tengamos nuestro tiempo contratado. Pero fuera de ese lapso, tenemos todo el derecho del mundo a disfrutar de la inactividad, por minutos, por horas, e incluso por dias.

Lo que pasa es que parece que tenemos un sensor interno que se activa cuando el periodo de holganza se prolonga más de lo decente.

Cuando esto ocurre, inventamos alguna actividad secundaria que tranquilize nuestra conciencia contra la presunta culpa de “perder el tiempo”. Así pues, nos ponemos a quitar el polvo, a leer un libro, a reparar la puerta del armario que se cae cada vez que intentamos abrirlo, etc.

Yo pienso que así como hay mérito en sacar a pasear al perro, también lo tiene mantenerse en un periodo de reposo físico y mental, tan prolongado como se pueda disfrutar, siempre que no estemos robándole su tiempo a nuestro empleador.


Muchas ideas creativas – como aquella de la mítica manzana que cayó sobre la cabeza de Newton – pueden surgir espontáneamente mientras contempla una fila de hormigas sin intención de aplastarlas.

De hecho, permanecer en un vacío de actividad física y mental por tiempo indefinido, es una práctica muy dificil, que requiere disciplina, y que se le conoce tradicionalmente como meditación, en cualquiera de sus variantes.

La meditación permite flotar en un espacio que no está ocupado por el diálogo interior ni por la actividad física; es un llegar a la “no mente – no cuerpo”.

Independientemente de que usted se ponga a buscar metodologías y maestros que lo guíen en la dificil práctica de la meditación (lo que ya cambiaría el modesto “flojear” a la elegancia de “meditar”), o prefiera mejor no hacerlo, suspender las actividades durante pequeños o grandes espacios de tiempo, sin más intención que contemplar el flujo del presente, puede conducirlo a una forma de inducir siestas de domingo por la tarde, o de flotar sin culpa sobre el aburrimiento.

viernes 23 de mayo de 2008

Siempre es Posible Regresar

Tener como única premisa “Avanzar a toda costa”, probablemente permita concentrar una gran cantidad de energía hacia un objetivo importante, pero, como principio para el proyecto de vida, no parece ser el mejor, pues, al ser un esfuerzo unidireccional, puede ocasionar desajustes en otras esferas de la existencia.

Así, cuando a toda costa llegas a la meta prevista, podrías haber sacrificado tanto en el trayecto, que te encontrarás solo y enfermo para disfrutarla.

Don Juan, el metafórico mentor de Carlos Castaneda, afirmaba que todos los caminos son iguales, pues no te llevan a ninguna parte. No existen caminos mejores o peores; cualquiera puede ser bueno, siempre que para ti tenga sentido.

Entonces, decía, cuando te encuentres detenido en una encrucijada, elige aquel que se acomode a tu carácter, a tus recursos y tu necesidad del momento y síguelo con alegría.

Cuando un camino tiene lo necesario para que tu espíritu se nutra, vale la pena recorrerlo. Si decides caminarlo, aunque te resulte amargo y poco hacedero, sólo porque vislumbras un jugoso premio al final, vivirás maldiciendo el momento en que lo elegiste como rumbo para tu vida.

Si alguna vez elegiste un camino porque creiste que era el predilecto de tu corazón, y tierra adentro te das cuenta que estabas equivocado, entonces no tengas pena por regresar. No se ha perdido tiempo ni esfuerzo, pues el sentido de la vida es transitar amando tu camino; todo tiempo y todo esfuerzo invertido en la búsqueda del proyecto personal, es un tesoro que nutrirá tu experiencia.

Pero cuida – puntualmente don Juan señala – cuida que tu desistimiento no sea únicamente consecuencia de la fatiga o de la cobardía.

Tu decisión de regresar no debe proceder del miedo a la lucha o al fracaso, sino de la certeza de que el camino que antes recorrías ha perdido el sentido para ti, sea porque éste ha mudado o porque tú has ido creciendo y la inquietud de tu alma te pide otro escenario, otro paisaje, otros pastos.

Nuestra tradición cultural nos ha enseñado a entronizar los fines sin importar los medios. Nos han dicho que a mayor sacrificio, mayor premio. Por eso nuestra sociedad está plagada de mártires silenciosos y de triunfadores que llevan una vida amarga.

Algunos viejos, después de transitar resentidos el camino profesional que elegimos en nuestra juventud, en un momento dado desandamos y rectificamos; cuando otros nos observan piensan que desvariamos con nuestros experimentos y puede que tengan razón. Mas, tal desvarío, cuando es capaz de darnos un nuevo aliento para la vida, una nueva ilusión, un nuevo paisaje, resulta una bendición.

Con Cervantes habrá que recordar a don Quijote, a quien después de una vida de reclusión, su corazón le pide salir a vivir los lances que ha imaginado a partir de sus lecturas. Y tales encuentra.

Si las viudas y doncellas necesitadas de rescate nunca aparecieron, como tampoco lo hicieron las ínsulas y tesoros apetecidos por su escudero, no es relevante. Lo cierto es que don Quijote libera su espíritu al crear un pasaje que da sentido a su existencia.

Ojala que tú hayas encontrado un oficio que desempeñas con alegría, con amor, con sentido y competencia. Si lo elegiste en la primera encrucijada ¡Bien por tí! Tu intuición y buen juicio se manifestaron oportunamente.

Si por el contrario, ha querido la fortuna que eligieras un camino que con el tiempo se tornó árido, vacío de significado y carente de corazón, detente y deja que se escuchen tus anhelos.

Valora tu experiencia, recuerda cada pasaje del camino, sus ciclos, sus remansos, sus tormentas; has un balance de pérdidas y ganancias.

Siempre es posible regresar

domingo 18 de mayo de 2008

Sobre la “Ley de la Atracción”

Como una bola de nieve, que rueda por las calles de la sociedad postmoderna, comienza a tomar fuerza el concepto de la Ley de la Atracción.

Este principio, recientemente revitalizado por Rhonda Byrne, primero en un documental y luego en su libro “El Secreto” (ambos publicados en 2006), alcanzará pronto sus primeros 100 años de vida, desde que, sin ponerle un nombre tan prometedor, fuera enunciado por Wallace D. Wattles.

El principio, que implica pensar y hacer las cosas de un cierto modo, da origen a la corriente del Nuevo Pensamiento, impregna profundamente la cultura Wasp de los Estados Unidos y tal vez podría contribuir a explicar la traslúcida orientación de esta nación hacia el enriquecimiento.

De 1910 (año en que ve la luz el libro de Wattles) a la fecha, toda una colección de autores han buscado transmitirnos el secreto, aunque sus obras no siempre han tenido la claridad y la integridad del concepto mencionado por Wattles.

Así, entre los que conozco, puedo citar a Andrew Carnegie, Dale Carnegie (no son parientes, pero eso es otra historia), Napoleón Hill, Frank Bettger, Og Mandino, en cierta forma Robert Kiyosaki y recientemente la australiana Rhonda Byrne. Lo curioso es que, a excepción de esta última, ninguno hace referencia al autor original.

Aún cuando Wattles manifiesta documentarse en Descartes, Hegel y Emerson, más que filósofo, se le consideró un hombre práctico, del cual se sabe muy poco, salvo que amasó una pequeña fortuna como escritor y murió en 1911, un año después de publicar el último de sus cinco libros: “La Ciencia de Hacerse Rico”.

Sin embargo, al pasar de los años, los principios enunciados en sus obras perdieron la practicidad que él les imprimió, dando paso a interpretaciones comerciales, psicológicas e incluso místicas.

Napoleón Hill en su obra “Piense y Hágase Rico” (1937), mientras describe su autobiografía va revelando pequeñas dosis de El Secreto. Y menciona que todo el libro se ha escrito con la única finalidad de ocultarlo, pues es tan sencilla su naturaleza, que si lo exhibiera abiertamente nadie lo creería.

"Si está usted preparado para recibirlo", dice Hill, "lo descubrirá varias veces al leer mi libro; si no lo está, entonces, aunque se lo dijera abiertamente, no le serviría para nada."

La obra de Rhonda Byrne viene a caer en un momento por demás oportuno, cuando del pensamiento materialista-inmediatista, imperante en el Siglo XX, hemos pasado a una época de psicologismo cada vez más impresionante.

Si en 1980 hubiera aparecido “El Secreto”, la mayoría de los “hombres de acción” habrían dicho: ¡Eso es pura basura! Pero ahora, la Web nos ha cambiado. Estamos convirtiéndonos en seres de gran cabeza, abiertos a la exploración y a la adopción de nuevas creencias.

Así que la Ley de la Atracción podría ser una oferta maravillosa para tomarla con seriedad, siempre que vayamos a abrevar al pozo original del conocimiento y no a las múltiples versiones embotelladas que ya comienzan a saturar el mercado.

jueves 15 de mayo de 2008

Presentación

Fue García Márquez, pero no recuerdo en qué libro, quien dijo algo más o menos así:

El hombre no nace definitivamente el día que lo pare su madre. A lo largo de su vida
tiene que vivir pariéndose a sí mismo, una y otra vez.

Aunque leí esta metáfora hace muchos años, emerge del fondo de mi experiencia cada que se trata el tema de hacer cambios sustantivos en el modo de vivir.

La vida es un proyecto por sí misma. Nunca está acabada, gracias a Dios. No es necesario hacerle cambios, simplemente fluir.

Es una aventura de límites indefinidos, porque de nuestro principio solo podemos recordar memorias imprecisas y de nuestro final no conocemos el cuando, el donde y el como.

A diferencia de los animales inferiores, para quienes no existe el ayer ni el mañana como lugares posibles, los seres humanos organizamos nuestros recuerdos para construir la personalidad que habitamos y que luego adornamos con anhelos y temores para el futuro.

Eso somos los humanos; pasado y futuro, más un presente fugaz, que debería pertenecernos si supiéramos cómo apropiarnos de él.

Vivimos para plantear preguntas y luego inventar respuestas. Para encontrar el sentido de nuestra existencia, interrogante que para algunos se contesta desde lo espiritual y para otros desde lo material.

Como quiera que sea, la idea de este espacio es promover la expresión que conduce a la discusión filosófica. No erudita, sino mostrenca.

Nos interesa el relato núbil que parte de la auténtica experiencia de vivir. Las reflexiones que nacen en los momentos críticos, como aquellos a los que se refiere García Márquez y que cito al principio de ésta página.

Pues tengo para mí que, más o menos trabajados, mal que bien contados, estos relatos personales encierran una verdadera enseñanza para compartir.